EL NEGRO BURGOS

29-03-58 Yaquito, paraje cercano a Alberdi, en la provincia de Tucumán, veía nacer entre los cañaverales del sur, a Carlos Burgos, hijo de una ruda mezcla de zafreros. Su madre, venida de Loreto (Santiago del Estero) y su padre, catamarqueño de Belén.
Carlos no llegaría a conocer las caricias ni las voces de sus padres.Desavenencias en la pareja, harían que su madrina Lucinda Lazarte y su padrino, Ignacio Gerardo Correa se convirtieran en los padres que todo niño necesita.
Lucinda, mujer forjada con el duro temple del analfabetismo, sirvienta, lavandera, y trabajadora de la zafra, empezaba el día a las tres de la mañana y terminaba cuando el día se sumía en el silencio.
El apuro de Carlos por ser hombre no era porque no quisiera ser niño, sino porque las necesidades de su casa eran más urgentes que la fantasía de sus sueños.
En ese ámbito, la edad para trabajar llega antes que la de ir a la escuela y se termina decidiendo con la panza.
Carlos comenzó a habitar el suelo zafrero cuando sus seis añitos le permitieron escalar las trochas del surco y así aportar su esfuerzo a las necesidades de la casa.
Los días de lluvia entre los zafreros tienen una particularidad, si van al surco el esfuerzo es doble, pues si bien cualquiera de los trabajos es extenuante, bajo la lluvia, las condiciones son terribles.
Pero si es posible quedarse en los ranchos es diferente, el humo de los fogones trae el aroma de las ricas tortas fritas y de las tortillas, que solo las sagradas manos de esas madres de acero pueden lograr.
Cuatro días antes de morir, doña Lucinda llama a Carlos y con una gran serenidad, le dice: " m'hijo, quiero que sepa que aunque lo he querido como a un hijo, yo no soy su madre, quiero dejar este mundo con la tranquilidad de saber que usted, m´hijo , me entenderá y se va a acordar de mí como si fuera su madre."
A los 14 años, Carlos, con su gesto adusto de hombre-niño, mira al cielo tratando de saber porqué se llevan a " la mamita", justo cuando sus espaldas le permitían ilusionarse con ver la risa reflejada en su rostro mientras recibía el regalo que, por sencillo que fuera, para ella sería enorme.
Ya nadie estaría en las tardes esperándolo con el agua caliente y la sonrisa buena disimulando la pobreza, ya nadie le daría consejos ni entendería sus dolores.
En la vida de Carlos no habría caminos, solo alguna huella bordeada de espinas para empezar a transitar con los pies descalzos de su dignidad.
Otros peones golondrinas le dirán"vamos a Mendoza que la cosecha ya empezó" y no lo piensa dos veces, con su monito a cuesta parten a buscar en la tierra del sol y del buen vino, las posibilidades de trabajar en la cosecha de uva. Para el Negro era una novedad pues jamás había visto tantos racimos juntos y a eso debía agregarse el curso acelerado para aprender a cosechar que solo se da el primer día.
En todos los trabajos que un trabajador golondrina realiza, la rapidez es la única posibilidad de supervivencia, pocas cosechas duran más de dos meses y si en ese tiempo no gana algo, lo más probable es que deba regresar caminando.
En largos galpones, más aptos para caballerizas que para seres humanos, con una gran colección de vinchucas y con divisiones hechas con cajones fruteros, se amontona a estos hombres llegados del norte argentino en su mayoría.
No hay explotador en el país que no sepa que la mejor materia prima viene del norte; desde tiempos inmemoriales en el norte hubo hombres y mujeres que desarrollaron capacidades de gran resistencia a las adversidades de todo tipo
Es por eso que el sistema educativo , en esa región, refleja la dependencia de esta situación .El inicio del ciclo lectivo se modifica para que estas familias puedan llevar a sus hijos a las cosechas.Todo parece funcionar como un aceitado sistema que prepara hombres que acepten la resignación como forma de vida.
En esto también es fundamental el mensaje de sumisión que se les inculca a través de las iglesias de toda laya, como si para llegar al reino de los cielos fuese necesario cagarse de hambre mientras estés en la tierra.
La llegada de los primeros fríos hace pensar en el regreso a más de uno. Las acequias se cubren de escarcha, mientras en Tucumán las primeras heladas anuncian la proximidad de la zafra, con el fruto de esta cosecha se compra la lona que se usará en la ropa para la cosecha de la caña.
El Negro Burgos se dió cuenta que su estatura de oso le da algunas ventajas sobre el resto, asi es que para aprender a defenderse se acercó a un club donde le enseñan los secretos del box.
Al Negro se le habían juntado demasiadas cosas: la muerte de su madre, enterrse que no era su hijo y quedar solo.
Muchas veces cuando las cosas no andaban bien, se despertaba sobresaltado pensando en buscar a su padre y romperle la cara, pero el trabajo y el cansancio lo hacían olvidar, aunque había una idea que estaba fija en sus proyectos.Debía irse lejos par no volver.
Ya no quería ver aquella mora donde con "la mamá" compartían el mate.
Hasta los vecinos le parecían cómplices de sus desgracias.Si no aprendía un oficio y salía de ese olvidado puntito del mapa tucumano, probablemete el alcohol se convertiría en un mal amigo y su futuro sería el de sufrir de día y embriagarse de noche.
Cañaverales, obras en construcción, desmontes y cosechas de todo tipo, tendrían al "Negro Burgos"como un constante partícipe-
Su largo vuelo lo llevó a recorrer el país y a aprender , además de las habilidades del albañil, que hay espacios sociales donde la dignidad, el rspeto, y hasta el amor de una mujer, se lo defiende a trompadas.
En su casa construída con un gran esfuerzo, en la provincia de Salta, acompañado por su esposa y sus dos hijos, el "Negro" mira con entusiasmo el diploma que su hijo mayor, Rafael, le entrega como premio a su lucha.

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