Alejandro es el ultimo vástago de mi abuelita Magdalena, anda por los 7 años pero es hábil y audaz. Perico es su primo y tiene un año mas,aunque mas que primos son cómplices inseparables, los son petisos pero Perico es rengo, por lo que juntos parecen risueños personajes extraídos de algún cuento de niños traviesos. Capaces de cualquier cosa cuando están juntos. Los unen sus tiernos y enormes corazones y todas las travesuras que juntos puedan inventar.
Precisan la fuerza de los dos para robar la escopeta de la casa y salir de cazadores jugando a ser hombres.
Lechuzas y pájaros carpinteros ven interrumpida su tranquilidad con la llegada de esos raros cazadores que furiosos descargan cartuchos por el aire del Tucuman.
Perros, gallinas, chanchos, ningún animal se salva cuando se prueban como enlazadores.
La milagrosa virgencita que la abuela Magdalena tiene en su patio y a la que esos pobres zafreros le dejan plegarias y moneditas también le proporciona a Alejandro y Perico "el milagro" de esperarlo al manicero que en su carrito tipo locomotora vende manies calentitos, una rápida visita a la alcancía los hace clientes seguros de este buen hombre. Magdalena los conoce por los que les tendió una celada y el manicero se quedó sin clientes.
Días después mientras el mate ronda en el fogón de los zafreros se escucha el inconfundible silbido del manicero y con una mirada cargada de inocencia Alejandro dice: "pobrecito el manicero, nadie le compra"..
LLUVIA.
Llovía en Tucuman, las calles del ingenio San Jose eran ríos de fango por donde carros tirados a mulas llevan los atados de caña. El cielo se cubre de bajas nubes y del humo que sale de los de los ranchos de malhoja donde los zafreros se guarecen de su destino....
Llovía en Tucuman cuando murió doña Rosa, la madre de Perico. Pisaba los 53 y sus resistencias se agotaron, hacia tiempo que que se la notaba mal pero no paraba, parecía una muerte normal, todos se resignaban a aceptar que doña Rosa había nacido con la enfermedad...La enfermedad de ser pobre.
En el mas barato de los ataúdes velan a la madre de Perico, la lluvia parece agregar triztesa a este velatorio de humildes, como un zumbido se escuchan las plegarias de los hombres y mujeres que dan el ultimo adiós a uno de ellos.
De pronto algo rompe ese pesado silencio. Con sus harapos empapados , sus pies casi descalzos , su infaltable gomera al cuello y una mirada furiosa en sus inocentes rostros llegan Alejandro y Perico. Antes de entrar ya se abrazan como sabiendo que no podrán soportarlo solos y que había llegado el momento de estar mas juntos que nunca.
Perico ve a su madre muerta y su grito hace añicos el silencio: ¡¡¡Mamita, mamita te has ido y nos quedamos solos como pajaritos, mamita, mamita.!!!. El dolor, la impotencia todo parece despertar con el grito de Perico y estos hombres y mujeres, rudos ellos, hijos del dolor, se unen en el llanto que como una pesada carga llevan ahogado en el fondo de sus almas.
Los muchos murmullos se convierten en solo llanto disparado por el grito de Perico. Sus bracitos son muy cortos para abrazar ese tétrico adefesio, su tierno e inocente amor no revivirá a su madre.
Doña Rosa pasa a abonar la tierra que con sudor y lagrimas había regado en su vida.
De un golpe, como un hachazo la inocencia de Perico quedaba hecho trizas, en el próximo amanecer ya debía ser un hombre; sus duendecitos compinches ya no lo acompañarían en sus hazañas cotidianas.
Eduardo Chavarria.
Precisan la fuerza de los dos para robar la escopeta de la casa y salir de cazadores jugando a ser hombres.
Lechuzas y pájaros carpinteros ven interrumpida su tranquilidad con la llegada de esos raros cazadores que furiosos descargan cartuchos por el aire del Tucuman.
Perros, gallinas, chanchos, ningún animal se salva cuando se prueban como enlazadores.
La milagrosa virgencita que la abuela Magdalena tiene en su patio y a la que esos pobres zafreros le dejan plegarias y moneditas también le proporciona a Alejandro y Perico "el milagro" de esperarlo al manicero que en su carrito tipo locomotora vende manies calentitos, una rápida visita a la alcancía los hace clientes seguros de este buen hombre. Magdalena los conoce por los que les tendió una celada y el manicero se quedó sin clientes.
Días después mientras el mate ronda en el fogón de los zafreros se escucha el inconfundible silbido del manicero y con una mirada cargada de inocencia Alejandro dice: "pobrecito el manicero, nadie le compra"..
LLUVIA.
Llovía en Tucuman, las calles del ingenio San Jose eran ríos de fango por donde carros tirados a mulas llevan los atados de caña. El cielo se cubre de bajas nubes y del humo que sale de los de los ranchos de malhoja donde los zafreros se guarecen de su destino....
Llovía en Tucuman cuando murió doña Rosa, la madre de Perico. Pisaba los 53 y sus resistencias se agotaron, hacia tiempo que que se la notaba mal pero no paraba, parecía una muerte normal, todos se resignaban a aceptar que doña Rosa había nacido con la enfermedad...La enfermedad de ser pobre.
En el mas barato de los ataúdes velan a la madre de Perico, la lluvia parece agregar triztesa a este velatorio de humildes, como un zumbido se escuchan las plegarias de los hombres y mujeres que dan el ultimo adiós a uno de ellos.
De pronto algo rompe ese pesado silencio. Con sus harapos empapados , sus pies casi descalzos , su infaltable gomera al cuello y una mirada furiosa en sus inocentes rostros llegan Alejandro y Perico. Antes de entrar ya se abrazan como sabiendo que no podrán soportarlo solos y que había llegado el momento de estar mas juntos que nunca.
Perico ve a su madre muerta y su grito hace añicos el silencio: ¡¡¡Mamita, mamita te has ido y nos quedamos solos como pajaritos, mamita, mamita.!!!. El dolor, la impotencia todo parece despertar con el grito de Perico y estos hombres y mujeres, rudos ellos, hijos del dolor, se unen en el llanto que como una pesada carga llevan ahogado en el fondo de sus almas.
Los muchos murmullos se convierten en solo llanto disparado por el grito de Perico. Sus bracitos son muy cortos para abrazar ese tétrico adefesio, su tierno e inocente amor no revivirá a su madre.
Doña Rosa pasa a abonar la tierra que con sudor y lagrimas había regado en su vida.
De un golpe, como un hachazo la inocencia de Perico quedaba hecho trizas, en el próximo amanecer ya debía ser un hombre; sus duendecitos compinches ya no lo acompañarían en sus hazañas cotidianas.
Eduardo Chavarria.

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