A los hijos de trabajadores golondrinas no nos era posible tener todo lo que la escuela N° 67 del Recreo, Santa Maria, Catamarca, nos pedía.
Olga Garnica era nuestra "maestra" en el 5° año, gordita, pequeña, con lentes de aumento y un respeto humano que trascendía lo pedagógico.
Un tintero y una pluma otorgada por el ministerio, eran nuestras armas para aprender a garabatear letras. Como monjes budistas cuidabamos esos dos elementos. Eran el puente entre la luz y la oscuridad, eran el fino limite entre la libertad y el sometimiento y se miraba mal al que derramaba tinta.
Muy cerca de una fecha patria, la señorita Olga me da un alto honor. Debía pasar al frente ese dia patrio y recitar el poema que me entregaba. Lo lei, lo memoricé, lo ensayé pero algo me frenó.
"Señorita Olga, no voy a recitar el poema".
"Por qué?.
"Porque mis pantalones tienen remiendos hasta las rodillas y mis únicos zapatos son de plástico, tengo vergüenza".
"Señor Chavarría". Me mira fijo y seria.
"De lo único que debe sentir vergüenza es de la ignorancia. No deje nunca de luchar contra ella, aunque esté descalzo"..
Por el resto de mi vida la frase de Olga Garnica me acompañaria y se actualiza cada vez que la recuerdo.
Volví 30 años después a mi escuelita a presentar mi primer libro. "Golondrinas sin cielo", y salí corriendo a buscar a la señorita Olga.
"Olga falleció hace 10 años", me dicen sus hermanas, "el cáncer no le permitió ni siquiera jubilarse".
Eduardo Chavaria
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