AMOR, AZÚCAR Y SANGRE

- La vida de Felipe como pelador de caña en el "jardín de la república",no fue muy romántica, tampoco un dechado de felicidad. Por eso, cuando llegó a sus 14 años y lo sorprendió la famosa pubertad, sintió que había encontrado una nueva sensación, que no sólo era muy linda, sino que ante el contacto con el “sexo opuesto”, se parecía a eso que los otros llamaban felicidad.
Esas sensaciones tenían una destinataria, Marta, la joven docente de 22 años que llegaba al barrio los viernes y se iba los domingos.
Esos días eran aprovechados por Felipe, para llegar a la casa de la joven y dedicar horas a charlas, que si bien no tenían la cuestión de Cupido, ni el amor como tema central, para él eran momentos en los que sentía que ese bichito se activaba y era feliz.
Pasaban los fines de semana, pasaban las charlas y los días, y el bichito se hacia sentir cada día con más fuerza y la decisión de Felipe no llegaba.
Los 7 años de diferencia lo llevaban a dudar: "¿Y si me rechaza?, ¿y si me trata como a un niño? ¿Y si me trata mal y no la veo más?"
Demasiadas preguntas para “un hombre de 14 años”.
Felipe que a esa edad conocía el trabajo del surco zafrero como parte de su vida reunió el dinero que le permitiría viajar desde su pueblito del Ingenio Fronterita en Famaillá hasta San Miguel de Tucumán, lugar donde la joven viajaba a “enseñar”, así un día sintió que ya estaban dadas las condiciones para dar el paso.
Ansioso, esperó a que el viernes llegara la que le despertaba esas sensaciones tan bellas, y ni bien la vio, fue a su encuentro, a comenzar otras de las charlas que parecían interesantes para la joven y que apasionaban a Felipe. Consciente del conocimiento de su amada, dedicaba horas a leer lo que caía en sus manos.
Así, cuando se encontraba con ella podía conversar sobre diferentes temas y demostrar que era ¡mucho mayor! de lo que decía su documento.
Su abuelo, le había dicho: “todo lo que hagas por una mujer siempre será poco, por lo que ellas significan”. A partir de eso, Felipe supo que todo, todo lo que hiciera sería poco, por que lo había dicho su abuelo que sabía mucho de esas cosas.
Disimuladamente, se vistió para salir, sin que sus padres se diera cuenta, se aseguró de llevar sus documentos. Por ese tiempo, en Tucumán gobernaba Antonio Domingo Bussi, y no tener documentos era la diferencia entre la vida y la muerte.
Bien perfumado y con temor, salió como quien no quiere la cosa y apuntó rumbo a la casa de su amada que se aprestaba a salir.
Cuando Marta vio la diferencia en Felipe le preguntó: ¿vos adónde vas?
_ A San Miguel, respondió.
_¿Y qué vas a hacer?
_ A visitar a unos parientes.
Caminaron rumbo a la Terminal, con naturalidad, aunque Felipe sentía fuego por dentro.
Viajaron los 50 Km. sin mayores problemas, aunque Marta, ya intuía que algo no andaba bien y empezó a preparar la defensa.
Un reten del ejercito detuvo la marcha del colectivo y alli Felipe vivió una experiencia inicial. El abuso del poder.
Las carteras de las mujeres son vaciadas entre carcajadas por los discípulos de Bussi. mientras todo el pasaje esta con las manos en el colectivo y las piernas abiertas.
Uno de estos lo mira a Felipe y recorre la figura de Marta mientras en su mirada se lee.”Que linda hermana tenes”.
Llegan a la Terminal de San Miguel y cuando descienden, Felipe sigue caminando al lado de Marta, que luego de avanzar dos cuadras, se detiene de golpe, lo toma del hombro para que se detuviese y le espeta. ¿No te habrás venido siguiéndome a mi, no?"
Felipe ya estaba en el baile, por lo que, por seguir mostrándose como un hombre, también la miró de frente y le dijo. “Si, porque quiero ser tu novio”.
Marta, roja de furia, respondió:
"¡Pero por favor!, yo con un novio de 14 años, ¡lo que me faltaba! ir presa por corrupción de menores, ¡por favor! debería darte vergüenza, mocoso”.
Dicho esto salió raudamente, dejando a Felipe parado, solo, abandonado, en un lugar que no conocía y que a medida que la noche avanzaba se tornaba más peligroso.
Sólo con la guía de su instinto, Felipe enfiló hacia Fronterita, el dinero que le quedaba era lo justo para el regreso, pero el hambre lo traicionó y se compró un sándwich de milanesa con una gaseosa, mientras su sudor se mezclaba con las lágrimas y bajaban a su boca, entendió que el amor a veces tenía sabor amargo.
Como al pasar, le preguntó a un kiosquero: ¿Disculpe, para donde queda Famailla? El quiosquero le graficó “Salí hasta la avenida Roca y dale derecho hasta la 38”.
A las once de la noche, la luz de un vehículo le permitió leer un cartel “Famailla 30 Km. Fronterita 42.” se sentó en la banquina, se sacó las zapatillas y sintió que le hormigueaban los pies. La transpiración y la caminata le habían convertido la piel de las plantas de sus pies en una fina película gelatinosa.
Concluyó que si seguía quieto se podía dormir y podía ser fatal, así que se levantó, y con las zapatillas en sus manos, enfiló descalzo por sobre el pavimento. Esta decisión terminaría siendo la peor pues el pavimento no tardó en sacarle sangre a esas débiles plantas.
Cuando caminó otros 5 Km. se le congeló la sangre. A menos de quinientos metros, en el ingreso a un puente había un retén militar que estaba en pleno control de personas y vehículos.
Felipe olvidó el motivo de su viaje, al amor, olvido a Marta, y como un animal en peligro saltó a la banquina, hasta quedar oculto entre los montes. A la rastra se fue alejando de las luces y del retén.
Las luces surcaban la oscuridad, con los desaforados gritos de órdenes militares mientras el solo buscaba empequeñecerse entre los cadillos.
El río tenía agua en abundancia, por lo tanto, imposible cruzarlo, siguió bordeándolo hasta que llegó al puente ferroviario, distante unos doscientos metros del retén. Subió y empezó a reptar por entre los durmientes y las vías, cuando llegó a la mitad se detuvo a tomar aire, pero inmediatamente siguió, debía alejarse de allí lo antes posible. No había motivos para que lo maten, pero nada le garantizaba que no lo hicieran.
A más de mil metros del retén, Felipe respiró aliviado, la parte más dura de la aventura ya estaba sorteada.
Salió a la ruta y empezó a sentir el dolor inconfundible de las espinas de cadillos que le empezaron a generar fiebre, tocó sus piernas y descubrió que desde los tobillos hasta la rodilla sus pantalones estaban cubiertos de cadillos, por lo que se acercó a una alcantarilla, se los sacó y procedió a cortar con una piedra la mitad del pantalón.
un tractor con una larga fila de carros con cañas le permitió evitar los últimos 15 kilómetros de caminata.
La madrugada lo encontró entrando por el fondo de su casa, con sus zapatillas inundadas del barro hecho con tierra, sangre y agua. Sentía que estaba a punto de desmayarse por lo que se apresuró a llegar al baño. Mientras trataba de retirar con agua los rastros de su aventura, Felipe miró sus pies y vio que sólo se veía sangre. Recostó su cabeza contra la pared y recordó a su abuelo:”Todo lo que hagas por una mujer siempre será poco, por lo que ellas significan”.
¿Poco? Preguntó Felipe y se durmió.
Eduardo Chavarria

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